Las rutinas de Honorio

Author: Javier F. Noya /

(salvaje capítulo V)
Entrar al departamento de su amigo despertó en Honorio una sensación de zozobra novedosa, una especie de vértigo incipiente que nace al saber que uno se encuentra próximo a un precipicio; pero cuál sería éste si estaba traspasando el largo pasillo de puertas a cada lado para tocar el timbre del departamento H, detenerse, como siempre, delante de esa puerta color tiza y hollín acumulado por años hasta que su amigo la abriera y lo hiciera pasar directamente al living para comer la picada de principio de mes, ya dispuesta en la mesa vestida con un mantel a cuadros verdes, en el que cada recuadro alojaba un platito, allí con salamín picado fino, allá con aceitunas verdes, más allá con las rellenas (de morrón y de pescado, qué delicia), para aquel lado las papas fritas, para el otro los palitos, más acá las rodajas de pan, y en el extremo de la mesa el vermouth y el sifón de soda. Sintió perplejo esa frialdad que anuncia el peligro, evitó sacarse el abrigo por las dudas y continuó la charla con su amigo, que estaba muy contento porque el traumatólogo lo tranquilizó de aquellos dolores de cintura y le dijo que la artritis no avanzaba, afirmándole que estaba fuerte como un roble y, como prueba cabal para convencimiento de Honorio, se sostuvo con sus brazos en el borde de la mesa hasta quedar paralelo al piso, rígido como la botavara de un velero, aunque con esas pantuflas de franela y el pantalón que le sobraba por todos lados (ahora que la perspectiva de su postura había cambiado, se notaba aun más) parecía más un payaso grotesco que un ágil integrante de la tercera edad. “Si tenés frío dejo la ventana cerrada, no vaya a ser que te agarre una pulmonía”, dijo su anfitrión recuperando la vertical y procediendo a juntar las hojas del ventanal que daba a un balcón estrecho, al mismo tiempo que llamaba a Tigre, su gato color dorado, para que entrara porque el día estaba gris y no faltaba mucho para que lloviese, recitando tras cartón el listado de pastillas y ungüentos para la tos, la congestión y los muy probables catarros que vendrían después de esa sensación de frío de su visitante. Honorio se sentó en la cabecera y comenzó a engullir los ingredientes con una avidez inusitada, sin esperar, como siempre, que se sirvieran los vasos con el vermouth y dos chorros de soda. El gato, al entrar a la sala, lo miró, esta vez sin ese abrir redondo de los ojos que claman por una caricia que empiece en la cabeza y siga por todo el espinazo hasta el último extremo de la cola, bien erguida, arqueándose para pasar una y otra vez por los mimos y a la espera de recibir algún bocado, en especial de las aceitunas rellenas con pescado. Esta vez sus ojos parecieron rasgarse más; sin sacarle los ojos de encima, se desplazó rodeando a Honorio con sigilo, deslizándose cerca de las paredes y con las patas un poco flexionadas, hasta que subió a un sillón y de un salto a la parte superior del aparador, puesto a un costado de la mesa y contra una pared, para recogerse sin ronronear ni esconder las patas debajo del cuerpo, como siempre hacía para hacer una breve siesta; seguía observando, y a cada movimiento de la mano de Honorio que atacaba con premura los platitos, el gato levantaba sus cuartos traseros como si fuera a pegar un salto, ya sea que se extendiera para tomar una papa frita, unos palitos o sorbiendo un trago del vaso, hasta que Tigre y Honorio se miraban entre ellos y el anfitrión pasaba a ser una voz lejana que detallaba los remedios caseros para los dolores lumbares que le daban tanto resultado. Honorio cada vez temblaba más, hasta que él y su amigo concluyeron al unísono que sería mejor se fuera a su casa porque seguro que se estaba engripando y que sería mejor así. Cada uno apuró la despedida, el amigo para evitar contagios y Honorio para que no le estallara el corazón, quien se levantó sin correr la silla y se fue abriendo y cerrando la puerta con rapidez, sin darle tiempo a Tigre, que se estrelló contra la puerta dejando del lado interior las marcas de sus garras y soportando los gritos y quejas de su dueño que no entendía qué cuernos le había pasado a su gato, mientras el indiferente felino volvía a subirse al aparador y su dueño se preguntaba si le pasaba lo mismo que a él, que no soportaba la gente enferma. Honorio se subió al ascensor, luego de recoger algunas plumas verdes que se le habían caído del susto y resoplando para que su corazón volviera a latir sin pánico.

17 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Pobre Honorio.
Tigre es temible. No le dejo comer nada en paz.
La descripción es tan concienzuda que me ha parecido verlos a todos. Como si fuera una película.
Genial.

Saludos.

El Gaucho Santillán dijo...

Tigre tenìa "Honoriofobia".

Yo tuve un Loro que odiaba a la señora domèstica.

Terrible, el loro.

Bien escrito.

Saludos

Mal atendida dijo...

NOS LEEMOS PEDRITO, POR SUPUESTO.

'HONORIO' QUÉ NOMBRE MAMMA MÍA. JAJAJA!

UN BESO, LO ESPERO SIEMPRE, http://malatendida.blogspot.com :)

Mal atendida dijo...

OK, ESTOY MAL, TE DIJE PEDRITO Y TE LLAMÁS JAVIER.

UH, AHORA ME QUEDA PEDRITO. Y BUE, TE JODE? JAJAJA

Rayuela dijo...

jajajjajajaaaaaaaaaaa!!!! aplausos para vos,Javier!
tu V capítulo salvaje es tan visual, tan magníficamente descriptivo, que Tigre acaba de estamparse en mi monitor!

pobre Honorio!podrá levantar vuelo?

mil besos*

Yoni Bigud dijo...

Muy bien llevada la historia. Me leí las últimas dos partes (la otra me la había salteado sin querer). Coincido con varios de sus lectores en cuanto a la potencia de las descripciones. Esa me resulta una cualidad importantísima, así vayan mis felicitaciones para usté.

Un saludo.

A.R.N. dijo...

javier, mejoras en cada relato. tienen razon, las imagenes son contundentes. felicitaciones, un beso.

VeroniKa dijo...

Tigre...nadie lo comprende,a Honorio no lo puedo ver mas que en blanco y negro, porqué será?

besos

Ophir Alviárez dijo...

Oh, las rutinas...Vuelve por favor, cuando quieras...

Abrazos venezolanos.

Ophir

Miguel Ángel Gavilán dijo...

gracias por tus conceptos. me siento muy reconfortado de que los escritores nos leamos mutuamente.

zayi dijo...

He tenido que ponerme al día con lo que no había leído. Este personaje tuyo, Honorio, me causa una infinita ternura. Siempre he preferido a los personajes "patosos", son tan reales que hasta rostro tienen.
Muy bueno.
Un beso.

Eurice dijo...

Honorio es todo un personaje y Tigre un alaje (como dicen los andaluces). Lo malo de leerte es que te quedas con ganas de más y hay que esperar a la proxima entrega.
Me encanta leerte!
Besos!

nuiT.·* dijo...

Javier, no he leído las anteriores,
pero pronto lo haré y llegaré a dejarte mi humilde apreciación :)

Un abrazo!

Verbo... dijo...

Se necesitan traumatólogos que nos hagan pensar que aún estamos fuertes y que somos capaces de sostenernos como un roble.

Besos.

Eurice dijo...

Como no tienes donde hacerse seguidor, con tu beneplácito me suscribo a tus entradas por correo electronico, así será de la única forma que me enteré de cuando actualizas, sino es molestia.
Un saludo desde España

Eurice dijo...

Al fin me he hecho con el camino para no perderme ni una sola de las rutinas de Honorio, gracias por darme el toque ;)
Besos

Jorge Ampuero dijo...

Una prosa interesante y degustable, por cierto. Persevera.

Saludos.

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