Dos guitarras negras (para Spinetta, por su libro y por sus arpegios que suenan en mi Les Paul)

Author: Javier F. Noya /

Yo tengo dos guitarras negras.
Tensan sus cuerdas
y preparan sus versos
cuando el sonido de mi voz
pretende irse con el viento.

Yo tengo un consejero
que se oculta en sus sin color
por donde reptan
las metáforas del vuelo
y las alas de lo que tiene sentido.

Yo tengo dos guitarras negras
y una me inspira
y la otra me motiva
y las dos me obligan
a repetir sus tiempos.

Yo tengo seis cuerdas
y varios versos
que son abrazo
de su artesano
en esta noche sin festejo
ni rimas para la luna.

Yo tengo dos guitarras negras
extrañando a su creador
esta flaca madrugada.
Una descansa en la biblioteca,
en silencio,
la otra se acurruca en mi pecho,
sin decir nada.

Modernos post (mortem)

Author: Javier F. Noya /



Éste
es el tiempo
de una iglesia
dentro de su profecía:
fabricamos las herramientas
que harán cuña en la tierra
para calzarnos lápidas
sin grabar.


Tiempo que cosecha
la siembra del acero,
ritmo cardíaco del horario
que marca los diagramas
de nuestro pulso.

En esta sinrazón
la historia está cansada
y nos apila
para alimentar sus vampiros.

Éste
es el tiempo
que enreda con sus cuerdas
la huelga y el movimiento,
un hueco entre los pasos
de pies que ya no pisan
y flotan felices
con su deuda al día.

Haiku del ciclo

Author: Javier F. Noya /

Cuando el fruto
madura sólo piensa
en ser semilla

Esperanzas de riego

Author: Javier F. Noya /


Revolcamos palabras
en un desierto de silencios.

Esparcimos las ruinas
de lo que nunca hemos dicho.

Quizá brotes de encuentros
hagan sombra a sus ausencias.

Quizá horas diferentes
rieguen la aridez de no mirarnos.

Quizá manos de tactos sabios
humecten las frases resecas.

Cuando venimos del olvido del día
el goce exige muy poco:

Festejamos la metáfora que remonte
la altura de un grano de arena.

¿Qué matarás hoy?

Author: Javier F. Noya /

El arte de matar exige, primero, elegir la herramienta. En ese trance, todo artefacto es útil, inclusive la palabra. Y pienso en palabra porque pistola, bomba, cuchillo, faca, limpiavidrios, martillo, hacha, tenaza, cicuta, lavandina, toallón, sábana, cianuro, vibrador, lubricante, automóvil, tren, bate, semillas de manzana, garrote, filo serrucho del tramontina, bombachita o portaligas, son sólo un ejemplo del universo de armas letales, que presumo infinito.

Abundan los ejemplos de palabras que sirven a la noble tarea de aniquilar a la víctima elegida ; pero esputar cornudo en la narices de un engañado cardíaco, o despedido, suelen ser letales al instante, y ni hablar de una de las palabras más homicidas que habita el diccionario: fea.

Puestos a la tarea de matar, hay que matar bien o morir en el intento; por eso toda muerte lleva a la propia, pone en riesgo la delgada cornisa de la tranquilidad y nos permite sentir de cerca lo que nos pasará algún día. Quizá éste sea ese día y aquí, tan atentos escuchando y parloteando, brindando y acomodando la lengua que intenta escaparse con su culo escaldado por el ardor etílico que sube del estómago, sea el último momento en que hablaremos de la muerte, o de matar. Por eso hay que matar apurado, no vaya a ser que nos quedemos con las ganas.
En tren de matar, esta noche me subo a los carriles de elegir una víctima por vez, por pura pereza y para hacerlo bien. Recorro los vagones del rencor y elijo con lascivia a la impotencia. ¡Voy a matar a la cándida impotencia que ocupa nuestro territorio más fértil con el sigilo de una víbora y la eficacia de un sable samurai! Esa maldita, que a veces ataca en la intimidad y se apodera de nuestros atributos más queridos, es una conquistadora implacable, macabra, posesiva como pocas y pérfida como no hay dos. Matar a la impotencia estrangulando al rollo de números, matar a la impotencia con una balacera cuando se esconde bajo mostradores, matar a la impotencia con un matasellos cuando se parapeta detrás de las ventanillas, matarla con un taco aguja cuando empuja hacia delante el fiel de la balanza, comerle la lengua cuando nos dice “qué querés que haga”, desangrarla cuando nos da la razón y nos manda de vuelta, hundirle el estómago de cien cuchilladas cuando nos posterga el último tren, hacerla volar por el aire cuando nos pide disculpas por las molestias ocasionadas, desollarla con una trincheta cuando nos pega el auricular a la oreja por horas, abrirle la tapa de los sesos con un martillo cuando se apodera del último turno, envenenarla con sildenafil cuando pretende ocupar la habitación, o empalarla cuando cancela la próxima cita, son algunas de las maneras con las que daría fin a esta obediente ciudadana de la República de Impedimenta, una logia macabra que intenta apoderarse del mundo imponiendo la dictadura del call center y la ignominia de la falta de un requisito. Eso sí, por supuesto, si puedo sacarla de la trinchera que cavó en mi entrepierna.

Dejemos las cuentas claras para otro momento

Author: Javier F. Noya /

Dejemos las cuentas claras para otro momento,
que de cuentas la calle está colmada
y pese a las barras prolijas de la senda
no hay peatón que no zozobre en su teclado.

Lo palmeará el cenit que refleja el alquitrán
y deseará yacer a la sombra de un anuncio:
el ardor sin amor pregonará sonriendo
que nada refresca mejor que endeudarse más.

Intocables pitonisas de magnífico magnetismo
leen el destino guardado en tu tarjeta
y trazan la frontera que cotiza sin postor
entre el cielo de comprar y el infierno del sin límite.

La suerte anida agotada en mesas de saldos
después de esquivar los dardos tesoneros
que la prosperidad le disparó sin pausa:
no hay piedad cuando es día de vencimiento.

Aquí planto un banderín saturado de palabras
como atalaya valiente del día innecesario
que anuncie la derrota total de las ganancias
a mano de nuestro bando, las honrosas pérdidas.

No es de esperar fanfarrias ni homenajes elocuentes
para este final esquivo del código de barras
que analfabeto de todo láser o registro
alimenta, clandestino, a la débil esperanza.

Comentario a "Cuerpos en venta"

Author: Javier F. Noya /




Me has pedido comentario y más que pedido ha sido obligación hacerlo después de verlo. en esa paradoja del nombre propio y la representación, la fantasmagoría del terror de ese tipo de abuso y violencia te desplazó entre la inocencia refulgente de las víctimas. Una línea, un camino, trazado y alfombrado por ese derrame de blancuras simbólicas. Fuerte son las imágenes, fuerte es el enfrentamiento a esa otra oscuridad, menos espectral, de la representación de la brutalidad, la ignominia, la violencia, el abuso, de todo aquello que flagela al ser humano con el propio ser humano. Y el final, de avance, ritmo y participación, emociona, expone que luchar no es melancolía sino pulso, camino, caderas zarandeando el aire, vida. Nos queda en ese otro escenario que es la cotidianeidad la gama de grises, como si la inocencia, la blancura, fuera una falta. Besos y gracias por sugerirme esta vista.