(imprevisto capítulo IV)
Las rutinas de Honorio
Author: Javier F. Noya /Cadena alimenticia
Author: Javier F. Noya /Las rutinas de Honorio
Author: Javier F. Noya /Nuevas esperanzas
Author: Javier F. Noya /Ruge la ira incomprendida
que nos hace mudos.
El silencio transeúnte
repica en la calle
que ignora sus pasos.
Mutismo roedor
que carcome razones
y premedita huidas
hacia el foco del dolor.
¿Quién aliviará estos desmanes
vestidos de progreso?
¿Quién podrá desgarrar
el cuello de la ironía?
El curso de la ciudad
sigue su cauce
y las nieblas de la impotencia
nos invade por la nariz...
En la penumbra
se suavizan los rasgos
que dibujan el oprobio;
se oculta lo descalzo
bajo el manto de su suciedad,
lo hambriento se calza la dádiva
y la dignidad repta siniestra
hacia la glamorosa luz del barrio
de los guardianes del sarcasmo.
Espero, no obstante, a la noche,
donde quizá el grito se haga palabra
y un oído encadene los sonidos de la queja:
un dique que altere las corrientes,
un ave que se alimente de miserias,
un territorio donde se siembre la vida,
donde se atente con flores
y se disparen manjares,
donde se manifieste con orgasmos
y se gobierne con el “todos”,
donde el amor sea blasón
y la paz perpetua como el aire,
donde se coticen las acciones
que sacien las carencias
y se elimine la espera
permanente y siniestra
de un paraíso merecido
por haber sido
esclavo por las buenas.
Las rutinas de Honorio
Author: Javier F. Noya /(hipotético capítulo II)
El anochecer, en
Las rutinas de Honorio
Author: Javier F. Noya /Honorio se sentó, como todas las tardes, en el banco de la plaza y a la sombra de un gomero enorme. Su amigo detallaba con seriedad cada uno de los partes médicos que lo tenían por protagonista, como todas las tardes, de corrido y de memoria, alardeando sobre su, todavía, agilidad mental. Con el resplandor del sol que entibia durante el otoño y al son de murmullo de la voz de su amigo que recitaba los rituales del colesterol, la bilirrubina, el ácido úrico y los leucocitos, Honorio imaginó que le crecían plumas verdes y azules, dispuestas para dar formas sinuosas al colorido de su plumaje y que se echaba a volar armado con un pico apto para comer frutos y robar golosinas. Sonrió cuando su amigo concluía con el relato de sus análisis, una señal de que la ciencia médica había aprobado sus cuidados y privaciones asintiendo con la cabeza, mientras se acomodaba la gorra de fieltro para no sufrir los fríos de las corrientes de aire. Todo ello le anunciaba a Honorio que estaba de vuelta, allí sentado y compartiendo la preocupación acerca de la pérdida de la vista y los dolores de la artritis, evocando para sí cómo se vería huyendo con una palomita de maíz en el pico. Luego sacó del bolsillo de su abrigo los resultados de sus propios estudios y una pluma verde con la que se ayudaba a leer cada línea sin saltar a las otras, al tiempo de que trataba de mantener las otras plumas dentro de la manga.
Voluntades circulares
Author: Javier F. Noya /Era el momento en que quería encender el cigarrillo, ya puesto en mi boca, entrecerrando los párpados antes de que la chispa y la llama me irritaran la vista, justo con el pulgar girando la ruedita de la piedra del encendedor para que el chasquido fuera el anuncio de que después vendría la espalda contra la cama, el techo recibiendo las bocanadas de humo y nada más; pero no, el dedo pulgar tomó por asalto al medio, al anular y al meñique, ciñéndolos con fuerza para que el índice se irguiera pretendiendo un falso escape hacia la botonera del teléfono, cuyo auricular desgarrado por la otra mano buscaba alivio apoyándose en la oreja, susurrándome el lamento de su tono hasta que el índice tránsfuga marcó esa secuencia de números que no quería, como dije, porque no quería nada más que mirar el techo llenándose de nubecitas de humo, nubecitas pop, pompas de exhalación de la boca puesta para dejar salir la pitada como una locomotora vieja; pero sí, el ruido del auricular marcando el tono de la llamada una, otra, otra, otra, y luego tu voz dándome un hola de lo más involuntario, que no quería, menos después de discutir como lo hicimos, de que me dijeras que era un estúpido celoso, que cómo se me había ocurrido ir al trabajo y plantarme seis horas delante del ventanal del negocio, haciendo sombra con las dos manos como un simio (dijiste así y no sé cómo se te ocurrió eso de simio) justo ese día en que vinieron a inspeccionar desde la casa central, y tus compañeros ni te cuento todo lo que me dijeron y las turras de mis compañeras (algunas dejaron de ser amigas desde ese momento, porque hay cosas que no se dicen ni en broma y menos ahora que, encima, me van a echar porque tenía que comprender que era cuestión de imagen de la empresa, que nadie tenía la culpa pero no podía aceptarse una persona así parada frente a la vidriera –como un celópata simio estúpido, dijiste esta vez- del negocio, como si le estuviéramos debiendo algo o nos estuviera reclamando quién sabe qué, pero que no me preocupara, me pagarían todo lo de ley y me darían una carta de recomendación) y yo no tenía la menor gana de escuchar ese “hola” y menos decirte “hola” para que el cigarrillo terminara mandando la ceniza al suelo mientras la exhalación de cada pitada iba dirigida hacia cualquier lado menos al techo, y me mandaras a la mierda agujereando mi tímpano con tus gritos y el ruido de tu teléfono colgando cuando quería explicarte que sólo quería mirar al techo y nada más.