(hipotético capítulo II)
El anochecer, en
cuando en su transcurso nos regalan su amistosa unidad, nacen las palabras y deviene todo lo demás hacia quién sabe dónde...
(hipotético capítulo II)
El anochecer, en
Salías al resplador de la calle, lánguida y etérea, deslizada por mis pasos. Exclamaste “¡hay sol!” con el ímpetu de quien ha visto, por algún tiempo, sólo la altura del cielorraso y la luminosidad prestada de las lámparas pendiendo de su blancura insípida; siempre es mucho, aunque fueran minutos. Tus manos tomaban mi brazo con firmeza y derramabas gratitudes por doquier mientras sonreías. Ahora íbamos hacia la calle, dejando a nuestras espaldas la habitación penumbrosa, el dolor sorpresivo, la bata, los cuestionarios sobre alergias y enfermedades previas, el fantasma de la incertidumbre que llevaba la camilla hacia el quirófano, las palabras terminadas en “emia”, “oscopía”, “osis”, que explicaban vanamente que tuviste un fuerte dolor en el vientre y debían operarte, que iba a esperarte para seguir amándote, para recoger tu inconsciencia y tu vuelta en sí, dándole a tus dolores el bálsamo de mis atenciones. Todo había salido bien; te indicaron nada más que un poco de reposo para recuperar fuerzas, esas que se concentraron en retenerte aquí y se consumieron resistiendo la enfermedad. Ahora estabas curada, las enfermeras te despidieron sin fecha de retorno y el médico palmeó suavemente tu mejilla, paternal y orgulloso de su éxito. Tu flotación se anima a retirarse para que tus pies se apoyen en la vereda fulgurante de luminosidad cenital. Te tomo de la cintura, feliz de verte así, retornando al afuera donde nos espera la salud.