Canción de amor para una sola respuesta

Author: Javier F. Noya /


¿Te alcanzará

mi metáfora tan percudida,

mi verbo jugando en cornisas

y mi copa a medio llenar?


¿ Te alcanzarán

velas encendidas para admirarte

y que se soplen para navegarte

esquivando tu falso pudor?


¿Te alcanzarán

mis bolsillos de orgullo vacío,

mi sendero de pasos perdidos,

mi sonido aspirante a canción?


¿Te alcanzará

mi master ganada en retretes,

mi cálculo que entre corchetes

nunca se llega a formular?


¿Te alcanzará

que le pida a tu mirada anclada

que me observa en las mañanas

un abrazo que me dé calor?


¿Te alcanzará

que nunca te regale una flor,

una mesa de manjar soñador,

que sonría al verte llegar?


Sólo pregunto

por si acaso

(no es que quiera)

deba ponerme a olvidar.

Los acostumbrados

Author: Javier F. Noya /

Ya son
un contorno,
una buena salud declamada
que sobra del paisaje
delineado por recuerdos
que perdieron su firmeza.

Se posan en carne viva
sobre las asperezas de la costumbre
y derramándose
llevan la mirada
hasta la línea de un horizonte
que sus manos dejaron huir
por temor a sufrir
la ausencia noches
que se olviden de olvidar
la pasión fingida.


Pulsiones que son
un antes que nada,
un aletear en vacíos
de cópula desgastada
que se esfuman
con la fibra falaz de ese envoltorio
de promesas fugaces
que colorea la incertidumbre
de abrir los ojos.

Música que se hizo ruido,
ritmo que ya no marca la ansiedad,
palabra que revoca
los contornos construidos
por el gusto aletargado
que reitera lo ya dicho
y se esconde
en las grillas de horarios
donde la voluntad
asesinó su impulso.
La complacencia
la sostiene, impune.

El final ronda sigiloso
pero no se dirige
hacia su destino
por temor a sí mismo.

Superfísica del metamercado

Author: Javier F. Noya /

Previendo que el próximo universo tendrá semejanza con el actual, tengo la certeza de que no vale la pena dejar de esperar determinados cambios; demoler redundancias sin compasión sería una verdadera estupidez (“alcanzame los rollos de cocina que no llego”). Me postro por mi mendrugo diariamente y no dejo lugar al heroísmo, que siempre se reconoce luego de haber muerto, es decir, de haber dejado de existir con la vaga esperanza de volver cuando el próximo universo se inaugure y sospechando que será casi lo mismo (“las latas de arvejas volvieron a aumentar”). Con tiempo suficiente, con una medida servida con un cuentagotas microscópico que agrandamos desde esta temporal pequeñez a la cual le damos el sentido a la vida, pienso decirte sin ningún tipo de tapujo que si se comen las sobras o el banquete se irán todos igual a la misma fosa y que sorbiendo el cóctel de las cinco estrellas o el mate cocido con yerba de ayer se conocerá igual el dolor de panza y la extremaunción, para regocijo de los abundantes pregoneros de la vida futura que te venden por un diezmo más que simples vaguedades, una mitologías con ilustraciones y todo, un consuelo en tus últimos minutos en la medida de que seas conciente de ello (“¿llevamos el Cinzano o el Gancia? ¿Ya pusiste los protectores diarios?”). En fin, quería decirte que no voy a esperar a que en próximas vidas se encuentren nuestras almas y nuestras miserias, ni tampoco dejar de lado esos vicios que tanto te preocupan, puesto que nada más queda para aproximarse a la eternidad que dejarse llevar por cualquier vocación que le otorgue una dirección al deambular diario de nuestras voluntades, percudidas por imaginarios que se acumulan a la lista del supermercado que cada día es más larga y que hace que este carro ya no tenga resistencia y deba empujar como un esclavo hasta la caja donde una fila de inútiles voluntades están esperando que todo pase por el lector del código de barras y se compensen con lo que queda de ahorros en una cuenta hecha plástico magnetizado, que es una pura preocupación de cada semana y cada vencimiento, siempre en la espera del próximo universo que nos hará más felices cuando podamos pensar en ello, para compensar esta vida de perros que no aúllan y ni siquiera tienen celo, sino que deben cuidar de aquello que pueden perder o de lo que pueden, algún día, obtener, especialmente con las promociones de dos por uno de jabones en polvo que son el único polvo que nos motiva echar aunque más no sea en la batea del lavarropas, con suavizante y quitamanchas que garantizan que todo esté muy limpio para que no se manchen las demás ofertas de cien centímetros cúbicos más y media docena de regalo, a la espera de que la constelación de carritos llegue hasta la caja para seguir camino hasta las alacenas que ponen a prueba la elasticidad de nuestras cinturas y me dejan sin ganas de esperar la noche para ver el documental sobre las nuevas galaxias, que no son más que otras ruedas de colores que nos dicen viajan por el universo, este universo, donde un pedazo de partículas intangibles me sugiere que me vaya a la mismísima mierda para no cargar más con las últimas botellas de plástico reciclado de agua saborizada con gusto a lo mismo, para estar bien tranquilos de que todo lo que puede tenerse se tiene a un precio de oferta y en tiempo real en un planeta de virtuosismos promocionales hechos paquetes de cosas que nos harán felices. Y encima si exhalo el aire, bufando, me mirás con cara de qué poca paciencia tengo y qué poco me importa compartir la vida de pareja, palabra a la cual bien le cambiaría el orden de las consonantes (*) para dejarte a la vista una serie de perversiones que te espantarían de sólo imaginarlas y que ahora me consuelan, aquí en esta galaxia de luz fluorescente y góndolas del piso al techo, junto con la idea imperiosa de que deben existir mundos paralelos, quintas y sextas dimensiones, paraísos con sus vecinos infiernos poco diferentes entre sí; porque si no es así estamos a merced de una eternidad de pura mierda que sólo puedo tolerar imaginando aquellas orgías que me hacen sonreír y te motivan a tomarme del brazo, elogiando lo bien que compartimos nuestra vida de pareja y lo buen compañero que soy, lo cual escucho al volver a la realidad luego de un breve zamarreo que me saca de una felatio de antología, carajo, para preguntarme a mí mismo si traje la tarjeta de crédito y para que me conteste que sí, que menos mal, que merezco un beso por todo eso.


(*) Pareja, cambiando las consonantes, formaría la palabra “pajera”, que significa, en el léxico argentino, puñetera, mujer que se masturba, etc. (n. del a.)

De a diez palabras (¿primeros salmos ácratas?)

Author: Javier F. Noya /

Anoche

sepulté el cementerio

de dios.

Nunca más

bendecirá armas.



Esta,

nuestra mañana,

despertó fatigada.

¡Aleluya!

No almorzará

mi libertad.



Hoy

El salario

no encadenará

ni su falta

nos condenará.



La tarde

festejará el amor:

de los púlpitos

sangrará envidia.



Desperté luego

creyendo, exultante,

que había llegado

nuestro primer día.

Durante esta lluvia

Author: Javier F. Noya /

(Porque a mí la lluvia me inspira)
Durante esta lluvia
nada se encarcela
al rigor de la rima
ni al molde de la métrica.


Gratitud de un curso esquivo,
soy fiel escriba
de lo que susurraban,
al pasar,
tus caderas generosas.

Serpentean razones,
dibujan espirales
que respiran vapores
emanados por un fuego
roedor de la pudicia
y entre volutas de sinrazón soy,
por tu vaivén,
una frase que lo destila.

Se esfumaron entonces
las rutinas oscuras
que se sirvieron en la mesa
tendida por el tedio.
La indigesta resignación
perdió el lazo de mi cuello
y fermento, agitado,
lo que te colmará
lloviéndome de cuerpo entero.

VASOS COMUNICANTES

Author: Javier F. Noya /

Ese olor de hojas secas, imperdonable, fustigó su ánimo hasta que estalló en un “¡vagos de mierda! ¡no se ponen ni a barrer!”. Refunfuñó un poco más, mascullando alguna maldición contra los enfermeros de la noche, las enfermeras del día, el director del geriátrico y, ya que tenía tiempo, el gobierno de turno, el inmediato anterior, el de principio de siglo y el de la Revolución de Mayo. “Tengo que cortarle el pelo y esa barba, don Jaime, ya están muy largos”, le había prevenido la enfermera de la tarde el día anterior y ahora, desparramando las hojas ocres con las puntas de sus zapatos como un barco corta el agua a su paso, venía hacia él, fuente en mano. “Por qué no me corta las pelotas y se acabó”, pensó el anciano, mientras concentraba su mirada en la punta del bastón que reposaba entre sus piernas. La enfermera apenas lo saludó, y con una ternura mecánica, profesional, desplegó una toalla delante para atarla en su espalda, disponiéndose a cumplir su promesa laboral. “Si hubiera sabido lo que me esperaba”, pensaba el viejo, “me hubiera contagiado alguna venérea en los puteros de Pichincha ¡carajo!...Hubiera sido inútil, me hubieran encajado un par de pichicatas y a joderse y vivir de nuevo”, para resignarse ante el tacto de la enfermera que, con su delicadeza estudiada, calzó en una mano la tijera y en la otra blandió un peine con el que acariciaba las puntas de los cabellos y se preguntaba retóricamente si estaba allí ese remolón o dónde estaba esa cabeza hecha un hervidero de mal humor y recuerdos, con las palabras condenadas a apelmazarse en la boca antes de que salieran, para dejar pasar como en un juego de “martín pescador” unos quejidos murmurados que nunca llegaban a ser el ruido estrepitoso de un hombre resistiendo hasta la obcecación para mantener una dignidad perdida de antemano. El poco pelo cortado bailoteó en el aire hasta que fue a parar donde las hojas acolchonaban los pasos, aumentando las quejas del hombre que seguía exigiendo que limpien toda esa hojarasca, porque no sabían quién era y ya iban a ver cuando él hiciera esas llamadas que le prohibían hacer desde aquí por orden de un impertinente e imberbe medicaducho, que podría ser su nieto aun en pañales, y que no quedaría nadie en pie en este hospicio maldito al que se le agregan ahora sus propias maldiciones, una cárcel disfrazada de lugar de reposo en la que no brilla el sol y que lo dejan siempre ahí, sentado en una silla con ruedas, atado y rodeado de esa charca de hojas secas que nadie limpia, y que vienen a cortarle el pelo, todos los días vienen a cortarle el pelo como si le creciera eternamente, él que elegía su peluquero de la lista de los más selectos de la capital, él que era un hombre hacendado e influyente que los borraría a todos de un plumazo con sólo hacer una llamada que le niegan y le niegan, como el levantarse de esa silla con ruedas entre los árboles desnudos y grises, tal como los había visto antes de que le ajustaran la cabeza para que quedase mirando sólo la punta del bastón como si fuera un símil de Prometeo, condenado a quedarse eternamente quieto, una estatua de un viejo en pijamas en un parque, sentado en una silla con su bastón inmóvil entre las piernas, pensativo y detenido, él que era tan influyente, tan importante y ya verían, ya volvería a moverse y todos tendrían que persignarse y rogar por su suerte, ya se lamentarían cuando se pudiera volver a mover, lo que deseaba que ocurriera luego de escuchar las confesiones de la enfermera que con voz suave y al ritmo lento de un corte de pelo que le servía como excusa para quedarse allí, detrás de él, revelaba todo aquello que nadie habría de escucharle justamente a quien no podía emitir palabra.

Homenaje (con dolor)

Author: Javier F. Noya /

CERATI


El cuerpo hecho alambres,
viviendo como si fuera vicio,
indefinidamente.

Tu voz niega la muerte
y repta por la anchura de tu frente
la marca de lo que te aplastará.


Aunque trates de huir
refugiado en otras caras
en otras voces que te admiran
la pira ritual
te aferra
y el filo del sacrificio se hunde
en la piel de tu talento.
Se obtiene paz
de aquello que se desangra.


Volcaste la vida
sin saltar su derrumbe
y los símbolos te pudren
para sacar de tus despojos
los últimos fluidos
que los alimentan.

Son insectos
los que se nutren,
reptan y te ahorcan
suben y carcomen tus ojos
y la indeferencia del feligrés
oculta con los alaridos
los lamentos de tu alma.

Hay más dolor
en lo que te queda
que en la muerte.